Tacones... cercanos


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La sinfonía de párpados abiertos se inicia a las tres de la madrugada. Termina en solo segundos, para luego abrir paso a otra sinfonía menor: la extraña canción de los tacones. Solo que esta tiene un solo intérprete.

Unos zapatos de tacón devienen denominador común entre la cinta de Almodóvar y una auténtica creación popular camajuanense. En la película, como alegoría; en el pequeño pueblo, como el misterio más musical de la zona.

La leyenda no solo asoma en la bucólica periferia, en los alrededores del parque Leoncio Vidal un alma en pena despierta hasta la noche.

─Se escucha su sollozo y el sonido insoportable de la madera sobre el pavimento. ¿Por qué llora? Eso no lo sé. Pero la maldita ha puesto una alarma dentro de mi cuerpo. A las tres me levanto sobresaltada y aunque todo esté en silencio siento que está cerca, observándome ─me explicó hace ya más de 10 años María del Carmen Reyes (Maruchis), quien vivió sus mejores años en la calle más céntrica del pueblo: General Naya.

Cuando la vieja Maruchis, ¡qué en paz descanse!, iba con su olla de potaje a vender las raciones de casa en casa yo era una adolescente de secundaria, pero asustadiza como un cachorro. Su imagen no causaba pavor, por el contrario, era una gordita suave y limpia, envuelta en arrugas, pero las historias que contaba le paraban los pelos de punta a todos.

1356132368331-sombra.jpgRecuerdo la mañana en que apareció por la peluquería, donde trabajaba mi madre, con unas ojeras espantosas. Según la vieja, una rara mujer había llegado hasta su portal con un estruendoso taconeo y tocó a la puerta alrededor de las tres de la madrugada. Cuando Maruchis atendió, ella empezó a llorar y en segundos se hizo aire. Desde aquel día estuvo signada por las visitas de la extraña.

Si preguntan en Camajuaní por la taconera, siempre aparece un elemento nuevo que añadir a la historia. La versión más recurrente entre los pobladores, resulta la relatada por Juan Torres, trabajador del museo municipal.

─ Allá por los 40, vivía una joven en la casa grande y bonita al costado del actual Poder Popular. Era una de las mujeres más glamorosas que había en este pueblo. Sin más ni más quedó embarazada pero nunca reveló el nombre del futuro padre, al parecer él no quiso hacerse cargo de la criatura, algunos afirman que estaba casado. El niño nació con una salud envidiable. A ella se le veía rebosante de alegría de un lado a otro del pueblo, con el pequeño en brazos. Cierto día salió espantada de su casa y gritaba como una loca, decía, entre el alboroto, que le habían robado a su hijo. Nadie se hizo cargo de la búsqueda excepto ella, ni su familia, ni las autoridades, ni el pueblo. Se comentó que el presunto padre del recién nacido lo había robado, y como era un hombre con mucho dinero había sobornado a la justicia. La infeliz erró por monte y ciudad. Había perdido a su hijo y ahora se perdía ella en la demencia. Chiflada como una cabra anduvo durante diez años, yo doy fe de ello. Un día desapareció para siempre, y aunque muchos digan que se marchó a otra parte, la mayoría sabemos que murió asesinada. ─Hace una pausa y prosigue─; en este pueblo, muchachita, hay tantos muertos entre nosotros que ya uno pierde la noción de estar vivo. Yo la vi hace poco más de veinte años, y la vi clarita clarita, como te veo a ti ahora.

─ Pero hay algo que no entiendo ─le dije─. En mi infancia temíamos ir al parque infantil porque según contaban, de la ceiba salía la muerta.

─ No recuerdo si hacia aquellos años existía el tranvía o la versión moderna que aquí conocemos por carahata o cascal ─meditó en voz alta─. Aunque esto no te lo pueda asegurar, se comenta que la mató el maquinista del cascal que iba hasta Placetas. La pobre cruzaba la línea ferroviaria, esta misma de ahora, hasta su casa. Eran las tres de la madrugada aproximadamente. El artefacto aquel apareció como un fantasma sobre los rieles y terminó con el sufrimiento, y con la vida, de la mujer. Como andaba fuera del horario de trabajo, el hombre ocultó el cuerpo de la víctima bajo la ceiba (pequeña aún) del parquecito. Así se libraba de cualquier responsabilidad, con la ley y con los jefes. La ceiba creció y con ello la leyenda. «Si le das tres vueltas, a las tres, aparece y te devora» dicen todos en el pueblo, pero ya te he dicho que no puedo asegurarlo.

─ ¿Y los tacones?

─ Eso es solo un pequeño detalle de su imagen que, pese a la locura, nunca eliminó. Por eso cuando corría por las calles solo se escuchaba el continuo taconeo.

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La vida transcurre veloz en Camajuaní, pero hay un instante de la madrugada reservado a la mujer con esa música insoportable en sus piernas. Un instante en que todo le pertenece. ¡Qué pena no poder compensarle los momentos de pasmo y hechizo que, sin saberlo, nos regaló!

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Comentarios

buen artículo

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