RÉQUIEM DESDE LA VOZ DE UN PERRO

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Cada vez que intentaba sacar un hueso de la boca de un perro ahí estaba papá; papá el adulto para darme unas buenas nalgadas, para decirme que no se les levantan los párpados a los gatos ni se ponen trampas de arroz a las gallinas. Yo obedecía, porque él era un adulto. A los cinco años no entendía todo lo que está asociado a esa condición que te inhibe de jugar y divertirte, que te confiere preocupaciones ante problemas inexistentes. Sigo sin comprender.

De niña (la misma que soy, pero veinte años atrás) padecía de asombro ante el paisaje, y especialmente ante los animales. El pollo no tiene manos, por lo que se impulsa con la cabeza, tampoco tiene orejas. La rana (a menos que llueva) es muy silenciosa, sin embargo tiene una gran boca. Los perros… ¡Ah, los perros son otra cosa! Se asemejan tanto al hombre que aún espero ansiosa que pronuncien la primera palabra. Parecería que en cualquier momento lo harán, sobre todo cuando te miran bien fijo y levantan el ceño. Creo que sí pueden hablar, solo que es un regalo que no todos merecen.

En San Antonio de las Vueltas existió un perro que, de haber hablado, tendría un lugar privilegiado en la historia de los visionarios: el perro que presagiaba la muerte. No solo la auguraba, sino que una vez fallecida la persona, acompañaba el cuerpo hasta el cementerio local.

Mi primer encuentro con el “oscuro personaje” fue en agosto de 1994, una de esas tardes en que la isla no aguanta más, porque flotamos sobre un magma efervescente. Salí achicharrada de casa de tía Leyla, en Vueltas, pero afuera también ardía. Sin más alternativa, me senté en el columpio del portal y empecé a mecerme sin muchos ánimos. Por la puertecita de hierro asomó una cabeza grisácea de animal que tanteó el terreno con todos los sentidos que tenía a mano, o a pata. Unos segundos después ya estábamos revolcados el perro de la funeraria y yo. Retozamos un buen rato hasta que se me ocurrió el magnífico juego del saco que es arrastrado, él era el saco. Lo remolqué sobre el portal, solo que por la cola. Por suerte ahí no estuvo papá y puedo conservar, sobre mi mano derecha, algún rastro de la mordida que se resistió al tiempo, quizá porque ni él ni yo queremos que se borre.

Después crecí, crecí mucho y conocí otros perros. Pero ese fue especial. Sin más nombre que aquel epíteto: “el perro de la funeraria”, iba delante de todos los cortejos fúnebres, inquieto, ladrando sin cesar para espantar lo que pudiese interrumpir la solemnidad del espectáculo.

Así ocurrió durante varios años sin que el can faltase a un solo entierro. “El enviado de Satán”, “el mismísimo Caronte”, “el rostro de la muerte”, de esta forma solían llamarle algunos temerosos. Otros le conferían poderes divinos y lo creían un heraldo de los ángeles para conducirnos a la luz celestial.

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Aparecía, quién sabe cómo, en los patios de las casas en que había un enfermo. A medida que agravaba se introducía en cada habitación (siguiendo un orden jerárquico de cercanía) hasta que el día de la muerte lo hallaban echado al pie de la cama que, en instantes, se desocuparía. José y Pella, vecinos del lugar, dicen que olfateaba a La Terrible porque en su casa tuvieron la experiencia de un difunto y el animal estuvo con ellos durante una semana.

Así se conducía por las calles quebradizas y desniveladas de San Antonio de las Vueltas el embajador de la parca en la tierra. Ante mí siempre hubo un perro, que orinaba en los horcones y husmeaba con su hocico en otros perros, en busca del misterio ancestral de olerse el trasero y la boca. Pero lo mágico en aquel animal recorría como un pregón toda la zona, y entre el asombro y el diario se tejió la leyenda.

─Al perro le debemos lo que a ningún ser humano de por aquí, ¡salir en la televisión nacional! ─dice tía Leyla siempre.

Y así aconteció un día, cuando unos realizadores se interesaron en la historia y fueron hasta el mismo Vueltas. Prepararon un entierro falso con todas las de la ley: coronas, cirios encendidos, caja mortuoria y hasta personas llorando. Todo se concibió con sumo cuidado y el perro como siempre, llegó e inició su ceremonial, entonces se procedió al cortejo. Antes de terminar la primera cuadra se dio cuenta que era una farsa y regresó enfadado. Hasta los de la televisión quedaron atónitos. Dicen que esa noche no quiso comer y no se le pudo acariciar porque estaba huraño.

El 12 de mayo de 1996 el chofer del ómnibus Vueltas-Macagual lo atropelló junto a dos perros más. Ahí tampoco estuvo papá para darle unas buenas nalgadas al conductor, que desde hacía mucho tiempo, ya era un adulto. El cuerpo fue recogido y velado en la misma funeraria que lo acogió como casa. Al día siguiente lo enterró todo el pueblo en andas: los supersticiosos, los escépticos y quienes como yo, solo querían verlo jugar.

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─El asesino lo pagó bien caro, porque después de la tragedia sufrió tres accidentes en esa misma ruta. Imagínate que pidió la baja del centro laboral ─me explicaba mi abuela Aida mientras aumentaba el tono de la voz hasta terminar gritando─. ¡Es que me da coraje! Yo lo vi crecer. Ahora reposa en paz, bueno, aunque se comenta que el fantasma vela por el alma de los otros muertos. La mujer de Mongo Suárez me comentó que en el cementerio se escuchan ladridos incesantes que vienen de todas partes, sin verse perro alguno.

Era fácil encontrarse al animal en la calle Serafín Sánchez junto al parquecito que parece de tiza. Ahora la esquina tiene la rareza de un cráter lunar. Hasta tía Leyla se mudó. Vueltas muta irremediablemente. Ya no está la glorieta, ni la biblioteca pública, ni el olor a mango en flor por todos los patios. Pero el pueblo agradece en silencio al perro de la muerte que hizo del lugar un sitio mágico para todos los tiempos.

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Comentarios

Eres un genio Lia,, ya hasta aqui en tampa se conoce la historia del perro de la funeraria,,ers hija de tu padre ,, no se puede negar ,dios te bendiga ,,un beso

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