Quizá los Altos...

Este extraño resultado entre crónica fabulezca y cuento fue escrito a cuatro manos. Entre el dios al que llaman Ernesto Miguel Fleites y yo

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A orillas del mar vive un pueblo único donde el salitre y el sol producen una suerte de sana demencia que se propaga como un contagio hasta colocarse en el centro mismo  de la comarca.

Las fantasías abundan pero ninguna tan curiosa como la que se teje alrededor de un antiguo edificio devenido ruinas: Los Altos de Wenceslao, en el mismo medio de San Antonio de Las Vueltas. Para el forastero, ladrillos erigiendo paredes desvencijadas; para el nativo, un recinto mágico donde sucede el milagro.

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En la zona todos veneran la deteriorada construcción como una reliquia que ha desafiado la embestida de los años. Escenario de las más excéntricas leyendas, el edificio sirvió de refugio a un par de brujas ante la lluvia de piedras que se les avecinaba y acogió a un viejo ermitaño que llegó a Vueltas hacia 1967. Pero sin dudas, el relato más frecuente es el que describe la destrucción espontánea del lugar a la medianoche y su aparición misteriosa la mañana siguiente.

El suceso es conocido. Cada medianoche del 30 de octubre, el inmueble se derribaba, o al menos eso parecía por el estruendo, y en la mañana del 31 el sol revelaba su incólume majestad, intacto como siempre sobre los techos aledaños. Un caso único en la historia de las leyendas.

 

 ─Esa casona estaba embrujada, se caía todos los años la misma noche. La agitación que producía era tan grande que incluso en Vega de Palma se levantaban de madrugada asustados con la bulla ─me comentaba Teresa Rivero rodeada de vecinos que asentían sincronizadamente─. Lo más increíble es que aparentaba derrumbarse pero en realidad seguía allí, en pie, era no más el escándalo en medio de un nimbo de polvo que cubría todos los alrededores y que nublaba por completo el cielo de la noche. Eso estuvo ocurriendo desde que nací, hasta aquel santo día que inexplicablemente… Bueno, eso que te lo cuente otro para que veas que no son invenciones mías.

─Y hay mucho de cierto en esto, mucho de cierto y de belleza porque la historia es algo más que simples contadurías ─me dice Ernesto Bello, lugareño y propietario del único huerto de referencia nacional de la zona.

Explica también cómo al día siguiente aparecía la gente del sector de la localidad para enganchar un cartelito de PELIGRO DE DERRUMBE. Lástima que por los exiguos recursos con los que contaban los funcionarios, el propio cartel, elaborado con retazos de cartón, terminaba por caerse él mismo. A los pocos días retomaba el lugar su invariable condición de terreno polivalente, estadio de tacos, albergue improvisado, criadero de gallinas, vertedero público, estacionamiento de carretones, nido de amoríos furtivos, y otras tantas cosas no aptas para menores.

 « ¡No puedes jugar allí dentro!» Eran los consejos de padres a hijos, pendientes de las suciedades materiales que podían afectar a los más pequeños. «Hay brujas, vampiros, fantasmas...» Sugestión para ahuyentar a los chiquillos, en tanto la magia ponía zancadillas al futuro.

Y es que un día sucedió lo inesperado. Con el pueblo sumergido en la costumbre, y la costumbre en la rutina, y la rutina en el olvido, y el olvido en la cadena de días y semanas y meses, nadie reparó en aquel 30 de octubre con su medianoche. La gente se dispuso a dormir, a sabiendas del barullo que interrumpiría el sueño.

─Nadie se imaginó aquello ─me comentaba Luis Gil, profesor de Historia de Cuba, en el portal de la oficina de correos─. Esa noche, única para el resto de los años, no se sintió la batahola ni se respiró el polvo amarillento de los maderos al rasgarse.

El pueblo se sumió en un letargo de segundos interminables, de minutos mayúsculos, de horas estáticas, y despertó con incertidumbre. Y sin que nadie lo advirtiera, sin el aseo de la mañana, sin siquiera vestirse para dar los buenos días, la gente salió a observar el pedazo de horizonte donde el edificio ya no estaba, ido para siempre. La Nada, solo la Nada se mostraba ante la desolación de aquel trozo de paisaje. Y lloraron los del pueblo. Corrieron y lloraron amontonados alrededor del espacio vacío, donde otrora se levantaba la ruina que una vez, como dijera un político de turno, representó la identidad nacional. 

Sin embargo, algo nuevo sobrevino. Fue, quizá, el tributo a las lágrimas derramadas aquella mañana del 31 de un año que ahora mismo, de relatarse, no haría la diferencia. Mientras el pueblo dormía, minutos antes de la medianoche, volvió como un regalo la batahola, y al amanecer allí estaba lo insólito: el edificio nuevamente en pie, con sus columnas jónicas agrietadas y los helechos brotando por cada hendija.

─Así ocurrió lo que te cuento. Yo era apenas un chiquillo ─continuó Luis con algún vestigio de nostalgia en el rostro─. Recuerdo que el pueblo no se contuvo. Salió a las calles a ver lo que ocurría, y presenció el motivo por el cual muchos nos llaman locos: una nube de polvos en el paisaje como hongo atómico. Todos quedamos petrificados.

La fabulosa ruina, real y majestuosa sobre los techos aledaños, se alzó desde ese día y para todos los tiempos. Nunca más se escuchó ni se escuchará el crujir de los muros, al menos eso creen los habitantes de San Antonio. « No se cae más nunca» dicen todos cada vez que pregunto sobre Los Altos… Y atravieso la callejuela estrecha hasta dar con el portón, para ver más de cerca como la humedad corroe las paredes que se niegan a caer. Quizá Los Altos…resistan, quizá Los Altos sea Vueltas.  


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