Gentil martirio: la mujer de las cuencas verdes


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No aparece si la invocas desde la oración rimada, como en la ouija ─no, no tiene su universalidad─. Pero si padeces de una rara enfermedad conocida como “asombro” ─designada así por el “científico cubano” (quien la sufrió en carne propia), Eliseo Diego─, entonces procuras visitar los ríos más profundos: los más mudos; las ruinas de un caserón donde vivió quién sabe en qué tiempo alguna joven de belleza indescifrable; o te enredas entre los dedos de la noche y miras de un lado a otro para hallarla, para convencerte de que todavía es posible la magia, de que aún vive, la mujer de las cuencas verdes.

No se ha registrado su aparición en otro lugar de la isla, pero desde el siglo XIX el espectro de una mujer con dos luces verdes por ojos vaga sobre cada pedazo de tierra en Camajuaní. Se le puede ver mientras emerge del río, mojada y cándida, lasciva como una deidad tropical, hacedora de encantos: hecha toda ella el encanto. En ocasiones no es así de bella, en ocasiones solo es un semblante cadavérico y blanquecino que te persigue hasta caer rendido del espanto.

En la Finca La Julia, amigos y familiares del difunto Alfredo Acosta aún comentan el encuentro de este con la aparición. Solo se necesita café bien humeante, un par de taburetes recostados al horcón del portal y un frescor como de lluvia sacudiéndote todo el cuerpo, para que la historia se narre sola.

Un lunes de 1895, casi de madrugada, Alfredo partió para unirse a las tropas de Leoncio Vidal en Palo Prieto. Caballo, montura y machete (que había robado a su padre) y él sobre la bestia como cualquier héroe épico, solo que de diecisiete años. Acabado de salir un grupo de voluntarios españoles cargó contra el muchacho quien picó espuelas y dio riendas a más no poder, pero el machetazo en el pecho ya estaba ahí. En el piso, casi boca abajo, sintió cómo los otros cuatro desenvainaban el arma para rematarlo. Escuchó entonces el sordo sonido del metal al caer sobre el suelo, la marcha despavorida de los voluntarios y una voz de mujer que repetía: « ¡Inténtenlo conmigo, que ya estoy muerta!» Ahí estaba ella, toda vestida de blanco, con dos huecos donde debían ir los ojos y un resplandor verde que cegaba todo. Bien quedo, Alfredo permaneció en el sitio durante dos días. Un arriero del lugar lo despertó y lo trasladó hasta su casa. No había rastro de la herida.

No solo en la Finca La Julia se agradece al fantasma. Desde su casa en la calle Independencia, Carmen Hernández alterna la suavidad de las palabras con la cadencia de su sillón de mimbre. Me explica poquito a poquito, ganándole al cansancio de los años, cómo la mujer de las cuencas verdes devino santa protectora para ella y su madre en momentos muy difíciles.

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─Cuando nos mudamos a la ciudad, no nos fue bien. Mi papá, Manuel Hernández, enfermó de gravedad y murió. Al quedarnos solas mamá y yo, el hambre no tardó mucho en asomar. Debíamos varios meses de alquiler y una mañana el propietario dio un ultimátum de veinte días o nos echaban los tarecos a la calle. Mi madre estaba desesperada, recuerdo que lloraba mucho, pero yo la tranquilicé diciéndole que todo iba a estar bien, que confiara en mí. Esa noche tuve un sueño. Me apareció una mujer muy bonita que no tenía ojos, solo unas manchitas verdosas. La imagen me dijo que buscara debajo del fogón antes de las doce del mediodía. Mamá se levantó como loca y con una mandarria vieja le entró a golpes a la meseta de mampostería. ¡Y quién te dice que en una caja de metal había ochenta monedas de oro!

Para otros no hay tanta bondad en aquel ser. A Edelmiro Torres no le faltan instantes para maldecirla. Se levanta del suelo del portal por ratos y medita, para luego continuar su historia de horror.

Mientras la casa de Francisco se ponía chiquita chiquita, una vez que se miraba desde la loma abajo,  el frustrado novio seguía su rumbo como si el cielo de la noche le fuese a caer encima con luna y todo. Por segunda ocasión el viejo Francisco López le negaba la mano de Rosarito. Esta vez hasta le echó los perros encima. Sin más alternativa que la fuga, el jueves y a las ocho quedó fijada la cita. Ahí, debajo de la ceiba que se enreda entre el alambre púa, esperó Edelmiro casi toda la noche, pero ella nunca llegó. Nuevamente la noche sobre los hombros, pesada como cien sacos de cualquier cosecha. Montó en el caballo y dispuso la partida hasta su casa cuando escuchó a alguien bien cerquita decir: «Llévame a mí, cásate conmigo». Al voltearse vio sobre las ancas del animal una joven muy blanca que se deshacía hasta quedar solamente una calavera con raras luces en los ojos que le rodeaba con sus manos la cintura. Enmudecido del pavor Edelmiro se tiró del caballo y corrió hasta que la sombra y la arboleda borraron la imagen del espectro. Kilómetros después, aún se escuchaba la risa espeluznante de la mujer.

─Yo no le tengo miedo a nada ─dice Edelmiro mientras se apoya en el bastón para ponerse en pie─ pero jamás crucé por el trillo que bordeaba aquella ceiba, porque yo no temo pero respeto esas cosas.

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De boca en boca corre la voz de La Terrible en monte y ciudad. Hasta el Central Fe fue a parar el fantasma, una madrugada de  enero, para espantarle el sueño a José Bueno. Se dice que el pobrecito deambulaba por toda la casa hasta que el sol se colara entre las hojas de plátano del patio, para entonces echarse a la cama. Desde aquel encuentro en el año 1976, nunca más estuvo completamente a oscuras.

─Trabajar en el Central Fe, por aquellos años, era una tortura. En la mañana era fácil pues siempre un camión o una carreta nos transportaba, pero si a alguno le tocaba entrar o salir en el turno de la noche tenía que hacer la caminata a pie, y hay tres kilómetros.  En uno de esos turnos salí rumbo al pueblo y pasando justo por los mangos del potrero de Loy vi a una mujer vestida de blanco parada a orillas de la carretera. Me detuve consternado. Observé entonces como la forma empezaba a crecer y cuando estaba más alta que una palma la cabeza comenzó a hincharse (tan grande como una casa de tabaco), y por los huecos de los ojos expulsaba un chorro de candela verde. Jamás corrí tanto como aquel día. Fue la última vez que se me vio por el Central.

Va dejando un rastro de pena por cada rincón del pequeño pueblo. Anda sin saber de un  solo sitio de paz. Y la puedes hallar en la esquina del barrio, en el parque del cañón: junto  al bullicio de miles de trompos que nunca terminan el baile. O la encuentras en los sueños, en las palabras del recuerdo contadas por una boca milenaria.

Para Wilfredo Torres (Chungo, el de la Quinta) la mujer de las cuencas verdes es tan familiar como la cómoda al costado de la cama, el pañuelo que antaño ceñía el cabello de su madre Fefita, o el cuarto de desahogo hecho todo de madera.  Sus ochenta y tres años no le dejan recordar las píldoras que, graciosamente, han de protegerle de la desmemoria, pero como olvidar aquellas sobremesas en que el abuelo contaba minuciosamente la misma historia.

─Decía el viejo que por la zona de Pesquero vivía una dama muy rica, una tal Ana Padrón, la más bonita que había visto en su vida. Noble y fina como un ángel recorría todas las veredas con el pelo negrísimo, suelto a lo largo de la espalda. El mayoral de la finca vino a enamorarse de ella y le hizo la vida imposible hasta matarla. La mujer se  negaba a tener relaciones con él y ese fue su destino. El infeliz huyó con los ojos de la muerta, bien verdes, igualito al color de un cañaveral listo para segarse. Por eso a veces aparece buena y otras no, porque fue alguien de bien y murió con mucho odio dentro

Y así pervive la desdichada que trae la dicha a todo el valle, donde se encuentra el pueblecito, entre las lomas de Santa Fe. A veces me pregunto en qué pensará a estas horas la mujer de las cuencas verdes, por donde ronda, si sabrá que existo. Y me recuesto a la almohada con una rara aprehensión en el pecho, y apago la luz, pero no me duermo. A lo mejor es mi día de suerte.

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