Bocanada de humo para un güije

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Cuando te adentras en la Finca Marina, las leyendas saltan sobre ti, como si aguardasen detrás del portón de almácigo a cada una de sus víctimas para devorarlas: la única forma que encuentran de mantenerse vivas. Allí su gente disfruta de las bondades de la tecnología, pero por alguna rareza de la condición humana, las “obsoletas” historias fantásticas aún rigen las noches sin lunas. Tal vez, como las leyendas necesitan al hombre, ellos palidezcan si les falta la magia.

En los alrededores todos entienden, como un precepto, que no debe sentarse uno a orillas de la poza El guanajo con un tabaco cerca. Manolo Ramos me contaba que solamente existen dos o tres güijes, pero como son tan inquietos y andan veloces por las aguas dulces del país, uno cree que abundan.

─Tengo la suerte de haber visto uno ─dijo retorciéndose incómodo en la butaca de damasco─. ¡Tú no habías nacido! Fue cuando la zafra de los diez ─y me ilustraba con cada facción del rostro por si la época me resultaba ajena─. Había un sol de perros. Le quitábamos al pulmón dos o tres dedos de aire para gritarnos las palabras porque el ruido del machete era el único sonido. El regreso era duro y fatigoso. Había que caminar sobre un terreno arado, sin trillo, y ya se sabe lo incómodo de sentar el pie sobre el suelo irregular y esponjoso. No fui directo a la casa. Me desvié hasta la poceta El guanajo y saqué de la camisa un tabaco de muy buena factura. Esa siempre ha sido mi debilidad, y si puedo fumar recostado a una piedra, con los pies hundidos en la corriente, entonces el tiempo se detiene para mí. Antes de encenderlo me rocié la nuca porque el calor abrazaba, entonces el puro se perdió de mi mano. Pensé que se había caído y entre tanta agua y limo era imposible divisarlo. No soy hombre de alarmarse ante cualquier cosa, por eso, cuando el güije apoyó los codos en un peñasco y me dijo que lo quería para su padre, le hice un ademán con la mano y él desapareció. Estuve varios minutos más y luego seguí mi rumbo hasta el mismo lugar donde hoy conversamos.

Los muebles modernos no pueden reclinarse hasta dar con la pared, como los taburetes. Por eso la historia la terminó en el patio de tierra. Allí me habló también de la cerca de púas que tiró Marcelino porque el güije se colaba en la casa.

─Lo mismo lo veían durmiendo en la cama que comiéndose los tamales ─le explicaba Manolo al nieto pequeño que tenía sentado sobre sus piernas.

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En un momento de la tarde, cuando Manolo era todo un orador griego, y familiares y vecinos su auditorio, el yerno del viejo me tocó por la espalda para que lo acompañara. Era un hombre de casi cincuenta años, taciturno, de fisonomía señorial.

─Te voy a contar por qué no he podido volver al río ─dijo haciendo pausas y énfasis─. Resulta que hace apenas un año tenía, ¡tú sabes!, una enamorada. Ella trabajaba en la tabaquería de Camajuaní. Teníamos una cita a las cuatro, en la poceta. La muchacha era muy dulce y siempre se aparecía con regalos. Aquella vez era un mazo como de seis tabacos muy bien elaborados, y yo adoro fumar. Me volví loco y la premié con un beso. En el descuido el fajo se perdió. De pronto sentí que alguien dijo «¡Robustos, como a mí me gustan!», era el mismo güije prieto del que hablan. Esto te lo cuento para tus notas de la investigación, pero ¡por dios, que no se entere mi mujer!

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Comentarios

Hermoso, hija. Me enorgullece saberte tan buena en el oficio que escogiste... un beso

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